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Nacionales
Indígenas y afrodescendientes, la nueva cara de la ALBA para la integración

Los rasgos indígenas y el color de la piel de los afrodescendientes forman parte a partir de hoy de la nueva cara que presenta la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA) a Latinoamérica y el mundo como fuerza de integración.

Sábado 26 Junio 2010 | 12:55



Una imagen que nace con afán de recoger las innumerables manifestaciones culturales como idiomas, vestimentas y músicas, pero también de ofrecer espacios de diálogo y participación a esos pueblos, tradicionalmente excluidos de la palestra política.

La ALBA, organismo integrado por Cuba, Ecuador, Bolivia, Venezuela, Nicaragua, Dominica, Antigua y Barbuda y San Vicente y Las Granadinas celebró entre ayer y hoy en la ciudad ecuatoriana de Otavalo su primera cumbre con autoridades indígenas y afrodescendientes, una cita que se comprometió a repetir anualmente.

La elección del lugar no fue al azar: Otavalo se erige en el centro andino de Ecuador como una de las ciudades indígenas por excelencia del país, donde la mayor parte de sus habitantes se dedican a la artesanía y el comercio.

La fecha de la celebración de la cumbre tampoco fue gratuita, no sólo porque hubo luna llena, como recordó el canciller boliviano, David Choquehuanca, sino porque las comunidades indígenas de la zona celebran la fiesta del sol, el Inti Raymi, para conmemorar el solsticio de verano (21 de junio) y la recogida de las cosechas.

Por ello, al colorido de vestimentas indígenas y afros de los asistentes a la cumbre se sumaron danzas y música típica andina en las calles, donde el pueblo festejaba una de las celebraciones de la naturaleza.

Aún así, los trajes de indígenas venezolanas y los sombreros de algunas bolivianas destacaban por encima del tradicional atuendo de las mujeres otavaleñas, de camisa blanca con minucioso bordado, falda larga y recta, azul o negra y generosos collares dorados o rojos.

Algunas de las visitantes incluso sugerían una hermandad en las raíces de los pueblos homenajeados en la cumbre, pues las túnicas que llevaban recordaban a las de pueblos de África, sólo diferenciadas por colores que no eran de la sabana sino de la Amazonía.

Pinturas de espirales en las caras y símbolos ancestrales en las telas unieron a las comunidades más allá de la política y dieron un color genuino, salido de tono de las formales citas de ministros y presidentes.

Las autoridades trabajaron en grupos y analizaron las propuestas que necesitan implementar para conseguir su "sumak kawsay" (quichua) o "Buen Vivir", pero la mayor parte de sus iniciativas no terminaron de cuajar en la declaración oficial del encuentro, más cerca del discurso y la retórica que de la realidad cotidiana de sus pueblos.

Además, el encuentro también dejó un sabor agridulce a algunos asistentes pues se realizó con la oposición de la mayor organización indígena de Ecuador, la Conaie (Confederación de Nacionalidades Indígenas), que mantiene un tira y afloja con el Gobierno a causa de varias leyes de recursos naturales con las que están en desacuerdo.

Pero para el Gobierno y la mayoría de los participantes en el foro no hay contradicción: la cumbre era con autoridades elegidas democráticamente por el pueblo, es decir, alcaldes, prefectos, presidentes de juntas parroquiales y asambleístas, y no con movimientos sociales.

Pese a esto último, la cumbre, "la fiesta dentro de la fiesta del sol", como dijo el canciller ecuatoriano, Ricardo Patiño, terminó con una declaración de intenciones, valorada como "positiva" por algunos, en la que la naturaleza y la vida armónica con el medio ambiente ocupan un lugar preeminente.

Quizás por ello el mandatario anfitrión, Rafael Correa, antes de volver a casa, sembró un árbol.

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