Actualizado hace: 29 minutos
Childerico Cevallos | E-mail: chcevallos@eldiario.com.ec
La Luz de Aurora de mi creación

Era sencilla, como el rayo de sol que calienta y alienta a la vida sin ostentación.

Domingo 10 Mayo 2009 | 16:32

Humilde, como aquella brisa que con suavidad refresca el alma bendiciendo candorosamente al corazón con un delicado toque de amor maternal. Tranquila, como el anochecer del campo. Inspiradora, como el sincopado canto que trae el viento luego de recoger las melodías que arranca de los árboles a su paso por entre las ramas. Y de las armonías de los insectos y avecillas que enriquecen con sus alegrías la nocturnal sinfonía de nuestras campiñas. Acogedora, como lo es la extensa y fértil tierra manabita, en cuyas entrañas reposan las más variadas riquezas naturales y las más amables de las especies, todo reflejado en su rostro que exhibía sus virtudes de dama. Sus brazos siempre se extendían para dar ternura y en su tenue voz se percibía la serenidad que su delicada personalidad emitía: ofrecía aquella calma que el alma requiere para su estabilidad interna, cual bendición de Dios. Por eso, cuando doña Luz de Aurora se fue sentimos mucho más que el frío de su ausencia: se llevó parte de nuestro corazón, de nuestra alegría. Pero no apagó nuestras ilusiones, pues aquellas quedaron reforzadas por sus enseñanzas de humanidad, de bondad, de cariño hacia el bien y hacia los buenos; y de comprensión y perdón hacia los malos. Comulgaba con la luna y con el sol, pues su patria era la ternura y las esperanzas que ambos astros irradian para enriquecer la conciencia y el alma. No era un ser privilegiado, simplemente una buena madre, una confidente hermana, una extraordinaria esposa. Recuerdo sus manos: piel blanca, inicialmente tersa que el bendito oficio de madre empezó a cambiar, pero cada arruga en ellas significaba un blasón a su sacrificio de amor familiar. Manos benditas cuyos cambios apreciaba constantemente porque constantemente vivía de su abrazo maternal. Cuando se fue, siguiendo a don Clodo, la tristeza fue menguada por la seguridad de que se alejaba respondiendo al llamado del Creador, a gozar de la paz celestial en el inmenso imperio del Señor, donde reposan eternamente quienes son los escogidos por haber seguido su ejemplo en su paso terrenal. Se fue a consagrar para cuidar de todos nosotros. No opacó su brillo. Al contrario, su partida lo encendió mucho más, pues su recuerdo nos ha permitido una mayor claridad y seguridad en este recorrido por la vida. Siempre la hemos añorado. Siempre la añoraremos: La madre sonriente, con una cabellera adornada por hermosos y brillantes hilos de plata. Luz de Aurora ha honrado su nombre: la recordamos como la eterna luz de sus hijos y en cada salida previa del sol como la permanente aurora celestial, a los lados de Clodoveo y a la diestra del Salvador.
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