Actualizado hace: 47 minutos
Juan Carlos Zambrana
La verdad del Padre Alberto

Arligton, Virginia.- Ama y vive la verdad, es el lema con el que el Padre Alberto se convirtió en una celebridad internacional, pero además porque su mente abierta para escuchar nuestras debilidades carnales, es un respiro en la asfixiante atmosfera en que nos mantienen viviendo los octogenarios del Vaticano. Parece más humano el padre Alberto y por eso nos gusta. Es por eso que la reciente revelación de que es también sensible a los encantos de una dama, pues no me sorprenden, ni debería sorprender a la comunidad cristiana.

Domingo 10 Mayo 2009 | 20:29

Resulta que la sotana negra hace olvidar que el “Padre” es también un hombre de carne y hueso como todos nosotros. Que tiene la misma dualidad de un espíritu divino en cuerpo de “mamífero.” Creo yo, que la única diferencia entre él y nosotros, es que él juró vivir gravitando desde su parte espiritual, sin saber quizá que eso significaba la represión arbitraria de la mitad de su naturaleza. Intentar reprimir el impulso carnal que nos trajo a este mundo, es como intentar cambiarle el curso a los ríos, hasta hacerlos subir por las montañas. Creo yo que fiel al amor por la verdad, él debería aprovechar esta oportunidad para seguir abrazando esa bandera. Reconocer con orgullo su naturaleza humana, y convertirse en el “Gandhi” latinoamericano para la liberación de los curas. Luchar abiertamente por la abolición del celibato, como única vía para salvar nuestro tan amado y corrompido catolicismo. Reconocer que la actual hipocresía de la iglesia, no es culpa de nuestra generación, sino de la cúpula eclesiástica de la antigüedad, la cual en busca de expandir su poder, satanizó a la sexualidad para poder vendernos un “perdón” que ellos saben perfectamente es inefectivo, ya que de nuestra sexualidad no podemos desprendernos. Sabiendo que somos intrínsecamente sexuales, la iglesia católica nos convirtió en pecadores incurables, y desde ese momento deambulamos por la vida, sobreviviendo a la condena de muestra culpabilidad, a punta de comprar perdón cada domingo por el resto de nuestros días, y generación tras generación. El celibato, por lo tanto, no es más que el efecto secundario del negocio de la satanización del sexo, porque para probarle al mundo que sí es posible reprimirlo, obligaron a los curas a demostrarlo con el ejemplo. Vano y necio intento, sin embargo, a juzgar por la espantosa cantidad de abusos y desviaciones sexuales que se cometen en nombre de nuestro señor. La verdad es que una sexualidad reprimida, parece ser proclive a corromperse, a enfermarse, y hasta a desviarse a los niveles criminales de la pedofilia. Lo del padre Alberto, por lo tanto, no es nada malsano ni enfermizo; muy por el contrario, es lo más natural en este mundo. Lo que es enfermizo es el acto de estigmatizarlo como “pecador,” de quitarle su parroquia y sus programas. Más malsano aún es el pedido del obispo de que “oremos” por él. Creo que orar para que el padre Alberto vuelva al redil del celibato, sería hasta cierto punto maléfico, porque significaría pedirle a Dios, que le anule parte de sus funciones fisiológicas. Que le enfríe el corazón para el amor carnal. Que lo deshumanice, que le quite el lívido, que lo haga impotente, que sus testículos no produzcan testosterona, o que se enferme de la próstata si fuese necesario, a fin de que no “caiga en los pecados de la carne.” Eso sería tan ridículo como criminal diría yo, por lo tanto voy a orar por la felicidad del padre Alberto, por que Dios le renueve el entendimiento, y le permita ver que su iglesia lo quiere por sus cualidades humanas, más que por la hipocresía que le están obligando a defender. Voy a orar para que nuestra iglesia católica libere nuestra sexualidad de la inquisidora satanización en que la mantiene atrapada. Voy a orar por la modernización del pensamiento cristiano.
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