Actualizado hace: 1 hora 38 minutos
Rubén Darío Buitrón
La lucha del poder y la utopía

El poder no es represivo o autoritario por esencia: se convierte en opresor y diseña un modelo político a su medida cuando no puede someter a los sectores reflexivos de la sociedad a la que gobierna.

Sábado 09 Mayo 2009 | 20:12

El poder no ejecuta ninguna acción sistemática de silenciamiento hasta que llega a la conclusión de que es imposible acallar o amordazar a las voces críticas, mucho peor si estas voces no responden más a que la utopía democrática de crear, mantener y multiplicar espacios públicos para la libre deliberación, el debate, el cuestionamiento, la rendición de cuentas, el ida y vuelta de ideas y pensamientos, la humildad para escuchar al otro, al distinto, al diferente, incluso al objetor. Al poder no le incomodan las opiniones adversas mientras tiene la certeza de que sus detractores pronto interiorizarán la importancia del bien colectivo sobre el bien individual (base supuestamente filosófica del poder total) y optarán por ser consecuentes con ese bien colectivo. En otras palabras, conforme transcurre el ejercicio de la autoridad y esta expande su obra y su teoría de gobierno, el poder aspira a que aquellos detractores, incluso los más radicales, vayan integrándose a la estructura impuesta y dejen atrás sus tesis políticamente incorrectas, presuntamente desadaptadas y posiblemente conspirativas. Para que el proyecto camine seguro sobre ejes trascendentes, irrepetibles e históricos, trazados desde la cúpula reverente y manipuladora que medra, disfruta y se autosatisface del manejo del Estado, el poder maniobra, incansable y en todas las direcciones. Su objetivo: encontrar el escenario adecuado para que los ciudadanos se exijan a sí mismos y exijan a los demás una complacencia no deliberante, no disidente y de manada, una adhesión incondicional a dogmas y lemas basados en el argumento de que una aceleración y profundización del proyecto solo será posible en la medida en que, lo más rápido posible, la misma sociedad sea capaz de identificar y extirpar los ruidos críticos y los ecos disonantes. Mientras el poder acumula poder (consecuencia inherente de una equívoca y perversa manera de entender la delegación del mandato social) en sus entrañas se desarrolla una psicología vanidosa, ególatra e intolerante que gesta el deseo obsesivo de que todos los súbditos mantengan y difundan un pensamiento uniforme, alineado, obediente, fanático, incapaz de recibir, aceptar o pensar ideas que no sean las que caen desde lo alto de la cascada. Pero cuando esa obsesión choca contra la utopía deliberativa, el deseo plural y el derecho a la discrepancia aparece, nítida, la urgencia de crear herramientas legales y clandestinas para vigilar el flujo de las ideas. Antiguamente se llamaba censura. Hoy, veedurías estatales. "El poder maniobra, incansable y en todas las direcciones"
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