Actualizado hace: 1 hora 35 minutos
Melvyn O. Herrera C. melvynherrerac@hotmail.com
La Marquesa

Sería por los años 80 cuando la conocí, compartiendo un viaje a las Encantadas, las islas Galápagos. La historia es así: la Fuerza Aérea Ecuatoriana destacada en Manta deseaba socializar con gente prestante de Manabí y el puerto, por lo que organizó este viaje; cada quien cubría su paseo con especies o con lo que podía; me correspondió la dotación de cervezas, producto que en ese entonces yo comerciaba.

Lunes 27 Abril 2009 | 20:05

Así, el viejo cuatrimotor, a hélice, despegó con sus bodegas repletas de provisiones y con todos sus asientos ocupados por autoridades nacionales, provinciales y personajes del convivir manabita, junto con sus cónyuges e hijas jóvenes en unos casos. El hielo inicial fue roto por las guitarras y voces de los Hermanos Chong, siendo ahí cuando la vi a ella, puesto que desde el pasillo, derrochando personalidad, animaba a que los timoratos participemos coreando las canciones. Ella -más que hermosa- era una bellísima mujer madura, de indefinida edad, porque el tiempo había respetado su terso rostro de finas facciones, el que, coronado por un alto peinado de cabello, acentuaba su distinción y clase, que se ratificaban cuando ella hablaba, con pausada y modulada voz e impecable dicción. Yo no sabía quién era y mis cercanos tampoco, por lo que se me ocurrió que debía ser una diplomática, venida entre quienes llegaron de Quito a juntarse en Manta con los que repletamos la aeronave. Por su estampa, hasta se me ocurrió que podía ser algún miembro de la realeza europea que aprovechaba visitar Galápagos; entonces mentalmente le di el título de Marquesa. Llegados, después de la batahola del traslado de Baltra a Santa Cruz y el acomodamiento en los hoteles, se había organizado una caminata por el malecón del entonces bucólico pueblo marinero; fue ahí cuando su aureola y distinción, espontáneamente impusieron que nadie debía caminar delante de ella, convirtiéndose el paseo en una suerte de desfile de la bella dama, seguida de todos nosotros, casi un centenar de espontáneos vasallos. Ella, con una femenina pamela protegiendo su rostro, con elegante, colorido y apropiado atuendo, atraía todas las curiosas miradas de los lugareños, y en cuestión de minutos, antes de que lleguemos a la estación Charles Darwin, ya circulaba entre ellos y nosotros la versión de que las islas eran visitadas por una Marquesa y su séquito. Conocedora ella de esto, sin inmutarse asumió tal responsabilidad, y efectivamente, con el beneplácito de todos, siguió desempeñándose como la Marquesa que yo supuse era. Montón de anécdotas se quedan en el tintero, ahora que reverente me inclino ante la tumba de la matrona manabita Aurita Vásquez Balda de Acosta, la que siempre será nuestra querida Marquesa, la de prístina mirada y de níveas manos, siempre dadoras de ternura y de bondad; en ellas, mi último beso.
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