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MANTA
Una vida bajo la carpa del circo

En el circo Rolex trabaja toda una familia, desde el abuelo hasta los nietos. El show se presenta en Manta.

Sábado 03 Agosto 2019 | 11:00

Cuenta Pablo Calvache que una noche su hermano actuaba como payaso en el circo, mientras  atrás de la carpa velaban a sus hijas gemelas que acababan de morir. 
Y lo dice como anécdota, de esas que nunca se olvidan, como una muestra de lo que es la  vida de los artistas en un circo.   
Su hermano es cómico, y esa noche su esposa estaba dando a luz a gemelas.   
Las bebés nacieron muertas, inmediatamente las velaron encima de unas mesas. Dentro de la carpa, su hermano tenía una fiesta con el público, pero por dentro estaba de luto.  
“Todos aquí sabemos que ante el público uno debe mostrar otra faceta. Es como tener dos vidas, dos caretas, una dentro del circo y otra afuera”, expresa Pablo, guayaquileño, 58 años, payaso de oficio. 
Parado frente a la carpa, Pablo hace un viaje por su historia y la del Circo Rolex. Dice que el nombre viene de un circo mexicano en el que trabajó varios años, mucho antes de tener su propia carpa y de trabajar en Estados Unidos y otros países.
El amor por los circos le empezó a los 10 años de edad, por una casualidad de la vida. 
Había sacado una  mala nota en la escuela y estaba seguro de que sus padres lo iban a castigar. Pablo sabía que la tunda estaba asegurada, por lo que decidió no regresar a su casa.
Empezó a deambular por Guayaquil y vio un circo, entró a la carpa y allí le dieron de comer y lo acogieron   por una noche. 
Al siguiente día sus padres lo hallaron, pero el circo ya estaba en sus venas. Pablo no volvió jamás a la escuela, pero sí al circo. 
Actualmente él es el propietario del Circo Rolex, una empresa familiar de tres generaciones. Allí trabaja con sus hijos y sus nietos. Algunos son profesionales: abogados, ingenieros, psicólogos, pero sobre todo artistas, eso nunca lo han dejado. 
“Somos iguales que las aves que exploran el mundo y  aterrizan aquí o allá. Conocemos países, gente, comida, su sistema de vida. Vivimos unas vacaciones eternas”, indica. 
 
>el otro pablo.  La vida en el circo se construye con historias, dice Pablo Calvache, de 33 años, hijo del otro Pablo, el dueño del circo. 
Es una mezcla de ilusiones y magia, agrega.  
Pablo está caracterizado con un traje de presentador de espectáculos; atrás suyo aún se arma la carpa: cables, trozos de madera, estacas de acero y bultos de lona.
Mientras eso pasa, Pablo explica que son una familia grande, 30 artistas en total, entre malabaristas, cómicos, actores y bailarines. 
Todos ofrecen un show sano, señala. Chistes familiares, nada de malas palabras ni burlas. 
Pablo estudió hasta el tercer año de Psicología en la universidad, pero hay un vinculo enorme entre él y el circo que lo obligó a dedicarle todo su tiempo a la carpa.   
Él es el muchacho que se sube en las motos y se mete al “Globo de la muerte”.
A veces también hace malabares en la cuerda.  
“En el circo se aprende de todo un poco y se vive como en un pequeño pueblo, todos nos ayudamos”, comenta. 
Ese pueblo está formado por tráileres, carpas, casas rodantes, mascotas, niños que se pasean en las cuerdas aprendiendo por sí solos el arte de los malabares. 
Bajo la carpa es otro mundo. Hay una especie de delgadas colchonetas de colores que se juntan como un rompecabezas por encima del suelo. Del techo cuelgan telas, muchas, firmes, pensadas para soportar el peso del más fornido de los acróbatas.
De fondo, un grupo de tres acróbatas ensaya el número de la noche: vuelos, saltos, agarre de cuerdas y telas que muchas veces significan el espacio entre la vida y la muerte. 
La vida de circo no es para cualquiera, explica Pablo.  Se viaja con lo justo y necesario, para que las mudanzas sean ágiles y rápidas. Se aprende a hacer de todo.  Los sueldos no son tan malos: un payaso puede ganar hasta 200 dólares a la semana, y un acróbata, 300 dólares.  
 
>el payaso. Patricio Ramos es lo que se considera el alma del circo. Porque un circo sin payasos está incompleto. 
Él lleva 35 años haciendo reír a la gente, y en ese tiempo se ha encontrado con toda clase de públicos. Desde aquellos que no ríen tan fácil hasta los que te aplauden de pie. 
A Patricio lo conocen como “Palillo”, ese es su nombre artístico.
Lo adoptó desde que empezó en las fiestas infantiles. Es un hombre gordo de risa fácil; luce una peluca azul y un traje que lo hace ver aún más grande, listo para hacer comedia. “Los payasos siempre debemos estar listos para mostrar nuestros shows, tenemos que ser hasta psicólogos muchas veces, para saber qué es lo que quiere el público”, expresa.  
Los payasos, dice Patricio, pueden tener las penas más grandes, pero deben mostrar una sonrisa. Nadie debe enterarse de sus problemas y tristezas. Lo que importa, al fin y al cabo, es el circo, no las lágrimas y sudores que cuesta.