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TEMA
Una vida luchando contra las drogas

Félix Santana, director de la casa de reposo para adictos cradi, cuenta su historia con las drogas.

Martes 11 Septiembre 2018 | 11:00

Flix Santana probó las drogas a los 16 años, y le tomó 17 reconocerse como un adicto e intentar salvar su vida y las de otros. 

En aquellos tiempos vivía en Estados Unidos, y mientras los chicos de su edad querían una bicicleta, a él se le cruzaba por la cabeza tener un arma. 
“Todo como consecuencia de las drogas”, dice sentado frente a un escritorio, en la casa de recuperación que ahora dirige y donde hay 28 personas luchando por escapar de ese mal. 
A ratos levanta la voz porque el grito de los internos en medio de una terapia lo interrumpe.  
Los recuerdos de Félix están claros, y al igual que todos los drogadictos inició con una de fácil acceso: la marihuana.
Aquello que parecía una bobada de adolescente en realidad fue la puerta hacia el infierno. 
Después llegó la cocaína, luego base de cocaína, conocida como “plop, plop”, y después la heroína. 
El recorrido por ellas le tomó 17 años, en los que se alejó de su familia. 
Tenía 33 cuando supo que necesitaba ayuda e ingresó a una clínica de recuperación. En ese tiempo había regresado a Manta. “Me di cuenta de que las drogas me iban a matar porque un adicto tiene tres destinos: la cárcel, un hospital o la muerte”, dice ahora con voz normal. La terapia de los internos terminó, y solo sus palabras se escuchan en la oficina. 
Cuenta que al centro de recuperación llegó por sí mismo, no tenía más la sobreprotección de sus padres, causa de su adicción.  
Llegó solo con voluntad. Aquella que por años estuvo secuestrada por las drogas y lo anclaban a la calle. En el centro le enseñaron a meditar, orar, y, al igual que todos, necesitaba aferrarse a algo para no volver a su mundo oscuro. 
Esa misma eucaristía a la que sus padres lo llevaban a regañadientes cuando era adolescente, y donde al momento de arrodillarse y cerrar los ojos permanecía con uno abierto para ver lo que hacían las demás personas, se volvió su necesidad, dice. 
En su proceso de recuperación descubrió que no solo podía ayudarse, sino ayudar a otros. 
Lo practicó mientras estaba internado y fue el consejero de varias personas. Cuando su tratamiento estuvo avanzado y era un adicto en recuperación, se planteó crear una casa de recuperación y mostrar una salida a familias tocadas por este mal. Al mismo tiempo recuperó a sus tres hijos, su familia, y cada vez tenía más armas para no recaer: salvarse y salvar.
 
>creación. La Casa de Recuperación para Adictos (Cradi) la levantó con su esfuerzo, y cada día invierte sus energías, conocimientos y su propia experiencia de vida. 
Esta casa y Félix se necesitan. En sus paredes hay 28 historias, todas ligadas a la misma enfermedad, la drogadicción. 
Las que más le tocan el corazón a Félix son las de chicos de 14 y 15 años, donde se ve reflejado. El ingreso de ellos solo se hace con la orden de un juez del Tribunal de Menores; si están estudiando se les pone un tutor, y a través del Ministerio del Interior se les envían las tareas.
A esa edad es más difícil dejar las drogas, dice. De 30 años en adelante es un poco más fácil, porque ya se ha sufrido bastante en todos los aspectos. Los adultos son llevados engañados por sus familias que buscan su recuperación.  
Todos los de esta casa deben atravesar por tres fases en su recuperación: internos, donde afrontan el proceso de abstinencia; ambulatorios, donde los pacientes pueden salir a trabajar y regresa a la casa de reposo, y la tercera que nunca es definitiva, también ambulatorios, en la que los pacientes llegan a recibir charlas y regresan con sus familias. 
“Este nexo con la casa de reposo no se debe romper nunca. Ser un adicto en recuperación es estar enfermo para toda la vida. Si te alejas, no preguntes por qué recaes”, expresa Félix, y pide que ingresemos a la casa para conocer las condiciones en que viven los internos. 
Los 28 están en un gran salón mirando televisión y saludan a una sola voz que retumba en las paredes. Hay flacos, altos, gordos, morenos, blancos, jóvenes y adultos. Cada quien tiene su propia cama y todos los cuartos cuentan con baño, así como lo exige el Ministerio de Salud Pública (MSP). Todo luce limpio.  
En el grupo hay un rostro conocido, un amigo que seguramente estaba atrapado y consumiendo heroína o “cripy”, la droga de los jóvenes. Esa que ha dejado chicos idos y con algo de esquizofrenia, dice Félix. Pero este amigo está luchando para ganarles la guerra a las drogas y cuenta con la ayuda de Félix, quien ha podido liberarse de su infierno durante 17 años. Ojaló lo libere también a él.