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Crónica de los bollistas
Por: Yuliana Marcillo

Sábado 08 Septiembre 2018 | 04:00

Nos levantamos a las cinco y media de la mañana.

Dormidos y con lagañas en los ojos fuimos en busca de los bollos. Coja los cartones, móntelos al carro, suba y fúmese un tabaco. Está fría la mañana. Nos parqueamos afuera de una fábrica. Cruzamos los dedos, abrimos los cartones, el aroma va atrayendo poco a poco a los comensales. Somos periodistas, escritores, abogados, amigos del arte, y esta es la segunda vez que vendemos bollos en busca de recursos que nos permitan hacer realidad un sueño: hacer cultura. Vendimos casi sesenta. Nos sobran sesenta. Recorremos las calles de Manta, buscamos a los amigos, les pedimos que se sumen. Les decimos “compra un bollo, ñaño, acolita”. Nos dicen “vengan”. Otros no contestan. No importa. Sale el sol. Qué desgracia. Nos duele la espalda. Hemos manejado por ocho horas, ¡ocho horas! Poco a poco nos vamos cabreando, pero también reímos. Nos han sobrado 25 bollos, se han agotado las opciones. El día anterior fue un éxito, este día la suerte nos castiga. Los rematamos a un dólar.