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Portoviejo
A sus 96 años, el rey de los postes ahora está caído

Pastor Bravo aún recuerda aquellos tiempos en que casi todo era nuevo en Manabí. La electricidad cautivaba.

Martes 28 Agosto 2018 | 11:54

Eran las románticas épocas de los años 50 , 60 y 70. Los pueblos empezaban a beneficiarse del fluido eléctrico, empezaron a tener focos, refrigeradoras y televisores. 

Entonces el joven Pastor, un tipo de más de 1,75 de alto y con una fuerza de toro, fue contratado por las autoridades de electricidad para que ayudara a poner los postes que soportan los cables de transmisión eléctrica. 
Allí no se conocía el concreto, el cemento era casi un sueño, narra. “Entonces los postes eran de madera, de un guayacán muy fuerte que se lo conseguía en las montañas entre Charapotó y Bahía de Caráquez”, menciona.
Esos maderos eran unidos para alcanzar la altura de 9 metros que requerían. Cuenta que contrataban a varios obreros para el trabajo.
Menciona con alegría que cuando iban llegando a los pueblos con el invento de la luz, eran esperados como artistas de boleros; las buenas comidas y bebidas no faltaban para quienes harían posible el milagro de alumbrarse en la noche, tampoco faltaba uno que otro amor fugaz. 
Así pasaron por Chone, cuya ciudad, recuerda, la posteó desde San Antonio hasta Ricaurte, fueron cientos de postes que colocaron con una paciencia de santo. 
También se adentraron a Bolívar, que por ese tiempo gozaba de montañas exhuberantes y ni que decir de San Vicente y parte de la zona norte.
Sin embargo, sus mayores recuerdos están cuando colocaron los cables en Portoviejo y en Manta, donde fueron cientos los que pusieron.
Su labor para la empresa eléctrica era por contrato, le pagaban por cada poste parado. 
Tenía vehículo y personal para esa labor. 
Recuerda que luego llegaron los postes de cemento, que tenían 10 metros de alto.
Decae. Sin embargo, con el tiempo las cosas fueron cambiando. Los contratos eran menos y recibió un disparo que le afectó la pierna derecha.
Actualmente reside en la humilde vivienda que siempre tuvo en la ciudadela Fátima, de Portoviejo. Allí vive confinado en un pequeño cuarto de la casa que es totalmente de caña vieja. Tiene 96 años y por la falta de una pierna y la diabetes ya no sale, aunque está muy lúcido y en su cama recibe a quienes lo visitan. Allí cuenta historias de un pasado glorioso, donde él era protagonista.
Tuvo cuatro hijos, pero ahora lo cuida un nieto y su esposa. Los bisnietos le hacen juegos para entretenerlo.
Se lamenta que debido al terremoto de abril del 2016 su casa quedó semi hundida y ladeada, sin embargo y aunque tiene un sello rojo de alto peligro, nunca recibió el bono de vivienda. Reconoce no tener las fuerzas de otros tiempos para ir a reclamar sus derechos.
Un machete en su respectiva vaina lo escolta, pues dice que es un buen compañero y sirve para espantar a algún atrevido. 
Agregó que cuando tuvo fuerza trabajó por su pueblo, sin embargo menciona que ahora está enfermo y en el olvido.