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TEMA
Vendedor de placer

Una tienda ofrece juguetes sexuales a domicilio. Josué es la persona encargada de llevarlos.

Miércoles 14 Febrero 2018 | 11:00

Hay en Manta un    hombre que vende juguetes sexuales a domicilio. 
Hay, además, clientes tímidos, pero de mentes abiertas, curiosos sexualmente, con ganas de experimentar, pero tímidos. 
Hay también fisgones en las ventanas, vergüenza en la calle, sonrisas burlonas,  pero para suerte de los tímidos, hay un hombre que vende juguetes sexuales a domicilio.
Ese hombre se llama Josué y tiene sus propias reglas: no mirar, no delatar, no grabarse los rostros de nadie y  entregar el producto en máximo media hora.  
En esos 30 minutos pueden pasar muchas cosas: la chica se aburre, la llama se apaga, el deseo se escapa, pero sobre todo puede quedarse él sin el dinero y el cliente con las ganas. 
Hoy, 14 de febrero,  será un día agitado. Es más, a esta hora ya debe estar en la calle rumbo a una entrega.  
Josué lleva los juguetes adonde sea. Hasta la puerta de su casa, en la esquina, se los pasa por la ventana, por donde usted quiera.  
Los envuelve en láminas de regalo o en fundas de papel. Para él la discreción es lo primero y para sus clientes también. 
Sabe que si no fueron capaces de ir a una tienda sexual es porque quieren evitar ser vistos o criticados por los vecinos. 
Cuando Josué aparece, ellos  tartamudean, se ponen nerviosos y hasta  confunden palabras. Incluso, cuando lo contactan por mensajes suelen preguntar mucho, antes de elegir qué comprar: ¿Es usted el de la tienda sexual?, ¿son discretos?, ¿cómo será la entrega?, ¿no se verá el objeto? ¿Cómo llegará?, ¿no será muy evidente? 
Algunos piden fotos del producto y tardan en decidirse. Es un debate y Josué lo entiende. 
En el caso de los consoladores piden medidas, anchuras, colores, texturas. La gente se pone creativa. 
Las conversaciones suelen ser largas, aunque no siempre. Finalmente escogen una opción, preguntan el precio y acuerdan el pago al entregar el producto.    
En ese momento Josué toma su moto y llega al sitio. Allí se topa con todo tipo de personas, algunos con vergüenza, otros muy frescos.  
Hay gente que le da la cara  y algunos apenas abren la puerta. 
Una vez tuvo que esperar una hora hasta que un cliente se decidiera salir a tomar el producto. 
Había un serio debate en la casa. Tomar o no el juguete sexual. Usarlo o no. 
Al final, a la diez de la noche abrieron la puerta y Josué recibió el pago.  
 
>Un obstáculo.  Desde el 2004, cuando empezó a vender juguetes sexuales en su tienda, Josué se dio cuenta que su mayor obstáculo era la timidez de la gente.  
Notó que había cierto recelo para entrar al local.  
Muchos hacían una inspección visual a su alrededor antes de ingresar y los que se decidían  lo hacían con el rostro ruborizado. 
Entonces surgió la idea de llevarles el producto a   casa. De esa manera evitarían la vergüenza. No saldrían, nadie los vería ni sospecharían de sus fantasías.  
La estrategia funcionó.  
Josué publicó su número en las redes sociales y páginas web. Desde entonces lo  contactan a través de mensajes, pocos por llamadas.
Hay prejuicios, aunque menos que antes, pero los hay   y Josué tiene cómo demostrarlo. 
El año pasado abrió una sucursal de su tienda en el Nuevo Tarqui. 
El local era visible, en uno de los callejones principales, pero no llegaban clientes. La vendedora decía que la gente observaba, pero no ingresaba. 
Eran pocos los que se atrevían a empujar la puerta, y los que lo hacían apenas se atrevían a levantar la cabeza. 
En el otro local, ubicado en un edificio frente a la antigua terminal terrestre, la situación es distinta. 
Para llegar hay que entrar en un pasillo, que bien te puede llevar a la tienda como a un sinnúmero de negocios. Es decir, hay discreción. Allí llegan más compradores  que  en el Nuevo Tarqui, donde se supone que debería haber más clientes. Al final tuvo que cerrar ese local.  
El sexólogo Rodrigo Céspedes dice que en esta sociedad hablar de sexo es todavía un tabú, peor  tocar el tema de los juguetes sexuales, no es fácil, no hay apertura. 
Él señala que para los jóvenes es más fácil, pero no para un adulto. 
La gente piensa que si alguien  ingresa a una tienda sexual es porque tiene problemas sexuales o buscan una solución porque algo no les funciona, pero no siempre es así, es un tema de gustos, de encender la llama, explica.     
La mayoría de los clientes de Josué son de esos, de los que buscan encender la llama. Le piden lubricantes,  pastillas retardantes, trajes y  vibradores de todos los tamaños, de todos los colores.
Son generalmente gente de clase media-alta, entre 35 años en adelante. 
Pueden vivir en casas modestas  o en barrios residenciales, apartamentos, edificios con ascensores, cámaras y  sensores de luz. 
Josué recibe hasta dos llamadas al día de ellos y les cobra tres dólares adicionales por el servicio.  
Sus envíos no solo se hacen  en Manta, sino también a otras ciudades como Guayaquil y Quito. 
Claro, allí no viaja él, sino que los envía por agencias, eso sí, siempre  con discreción.
Ojo, Josué solo trabaja hasta las seis de la tarde. 
Tendrá que ser muy buen amigo de él si quiere que le lleve un juguete sexual en la noche o madrugada. 
Es más, hoy tendrá muchos pedidos. Es el día de San Valentín, a estas horas ya debe estar envolviendo juguetes. Golpeando puertas, observando rostros llenos de vergüenza.