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Santo Domingo
“Si me quitan a mis hijos, me muero”

Jéssica P. carga una pesada cruz.

Jueves 11 Julio 2019 | 11:00

 Padece de tuberculosis y desde hace cuatro meses está “atada” día y noche a un tanque que le proporciona oxígeno y la mantiene viva, dice. 

La enfermedad la obliga a estar acostada en la única cama que hay en el cuarto que ocupan ella, sus tres hijos y sus padres.
La mayor de los pequeños tiene nueve años, le siguen dos varones de cinco y tres años.
La niña dejó de estudiar para cuidar a su madre. A su corta edad es la que le cocina a sus hermanos cuando sus abuelos salen a trabajar.
Los padres de Jéssica venden pinchos en una pequeña carreta con ruedas. 
La joven madre cuenta que ellos tienen un problema con el alcohol y eso aumenta el peso de su cruz. 
La familia vive en las calles Cuicocha y Cocaniguas, centro de la ciudad. 
 
UNA NIÑA “GRANDE”. Ayer, la pequeña estaba friendo carne en un viejo sartén mientras sus dos hermanos permanecían atentos en el televisor.
El más pequeño estaba con los ojos cerrados, no hablaba y su abultado vientre daba cuentas de que necesita ser revisado por un doctor.
Jéssica dice que le ha dado desparasitantes, pero nada logra desaparecer su barriga hinchada. 
Cuando se cansan de ver la televisión los pequeños juegan en los pasillos, salen al patio. Los inquilinos que comparten la vecindad dicen que, dentro de sus limitaciones, comparten un plato de comida con los niños.
Antes de que la tuberculosis la atacara Jéssica vivía de la venta de pinchos, al igual que su esposo y sus padres. En el patio aún permanece el cochecito.
“Quisiera que me ayuden donándome oxígeno y con un lugar para vivir. Me gustaría que a mis hijos los vea un doctor”, señala Jéssica intentando que su voz se escuche más que el ruido que provoca la máquina de oxígeno.
La familia debe cancelar 75 dólares por el alquiler del aparato cada mes.
Además paga 60 dólares por el cuarto en el que viven, un espacio de cuatro metros por seis. Los dueños le han pedido que desocupe el inmueble porque la máquina que la mantiene viva “usa mucha luz”.
El esposo de Jéssica y padre de sus dos últimos hijos llega unos pocos días de cada mes. Ella dice que está en Esmeraldas, vendiendo pinchos. 
La pareja se separó, pero lu       ego se volvió a unir. 
Los vecinos no ocultan su preocupación por la salud de la mujer y sus tres hijos.
La tuberculosis es una infección crónica, progresiva y altamente contagiosa.
Durante dos meses Jéssica estuvo internada en el hospital Gustavo Domínguez debido a su enfermedad y días después de volver convaleciente a su casa la visitaron agentes de la Dirección Nacional de Policía Especializada para Niños (Dinapen) para hacerle una advertencia: o cuidaba a sus hijos o los menores iban a ser rescatados. 
“Me querían quitar a mis hijos diciendo que ellos solo pasan afuera. Los llamaron unos vecinos”, recuerda la joven de 24 años.
Dice que si eso pasa, ella ya no podrá soportar el peso de la cruz que carga. “Si me quitan a mis hijos, me muero”, se lamenta.