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Viejos amores
Por: Yuliana Marcillo

Domingo 04 Marzo 2018 | 11:00

 Alguien me pidió que escriba sobre un viejo amor. No voy a escribir sobre el tipo que me dejó para casarse con su amante, tampoco sobre el que era, ya saben, “infelizmente” casado, mucho menos del músico y filósofo loco. Como hoy me siento animada, les contaré sobre un amor bonito. Estudiábamos en colegios diferentes, el punto de encuentro era un árbol. Sus besos eran como los malvavisco; sus ojos, achinados. En mi casa, naturalmente, lo odiaban. Yo tenía 15 años. Era una chica tonta e ingenua. No había tenido sexo y no lo tuve hasta los 21 —para que vean el alcance de mi ingenuidad—. Un día, recuerdo, entre besos y besos, rozó mi sexo. Yo me puse a llorar y él me consoló de una forma tan sutil que nunca voy a olvidar. Después mi papá nos descubrió y ese día recibí el peor y único castigo de toda mi vida. El chico me propuso irnos a vivir a Guayaquil; yo decidí quedarme en mi tierra y continuar con mis estudios. Ahora está casado y tiene hijos, muy rara vez lo veo. A veces paso por ese árbol y me imagino que seguimos ahí, atrapados en ese tiempo.